Para los que somos ya un poco -solo un poco- mayores nos resultará familiar, en los debates que manteníamos en las clases o en reuniones informales, la expresión: “vaya mosca” en alusión a una respuesta dada por un tertuliano a otro que lanzaba un ataque dialéctico. Solía ser práctica habitual en la asignatura de filosofía (reducida hoy por la LOMCE a la mínima expresión) y trasladada luego al resto de temas y asuntos que merecían, como mínimo, un contraste de opiniones.

A falta de filosofía, hoy, como ya sabemos, los foros se han trasladado a Internet, concretamente a través de las redes sociales y en las tertulias de las televisiones. Aquí hay de todo, como en botica, en los que tienen supremacía, temas de actualidad. Y mientras uno lee u oye verdaderos razonamientos por parte de gente “sabida” sin faltarse al respeto y guardando la compostura, la mayoría intenta (y lo consigue) machacar al contrincante utilizando lo que ahora se llama un “zasca” o un “zas en toda la boca”. La finalidad de esta expresión es dejar callado al rival, como antaño. Es un corte, un hachazo dialéctico o bofetada verbal, según definen los expertos. El paso siguiente, caso de no conseguir el objetivo, es ir minando la moral del contrario a base de frases hirientes que terminan, en muchos casos, tocando lo personal y lo familiar llegando al insulto. Y aquí es donde está la clave: qué decimos para ofender y cómo lo asumirá la otra persona. Mucho depende de su sensibilidad, de las ganas de debatir con educación, de su cultura o de su mentalidad. A lo mejor con decirle: “Con usted no se puede debatir” es suficiente para que la otra persona recoja velas porque se siente ofendida.

Se echan de menos aquellos debates en donde nos mirábamos a la cara, veíamos las expresiones y gestos, fueran verbales o con las manos. Teníamos la posibilidad de controlar o de exacerbar nuestras emociones en función de cómo estaba el otro para ganarle o para salir derrotados dialécticamente.

Ahora, no. Ahora, escribimos desde el otro lado de la pantalla, móvil o tablet, muchas veces, sin pensar ni razonar, con lo cual nuestros argumentos pueden perder peso. Escribimos a personas que no conocemos de nada. Lo único que sabemos es que está en nuestra lista de amistades con el agravante de que tampoco nosotros la conocemos, en muchas ocasiones. Y en el fragor de la batalla, porque queremos decir lo que pensamos y que gane nuestro razonamiento se nos escapa un zasca y le damos en toda la boca a alguien que ni siquiera conocemos convirtiéndose en enemigos dialécticos para toda la vida, sin darnos cuenta que no hemos arreglado ni solucionado nada. Nos hemos desahogado, eso sí, con lo cual sería cuestión de valorar si vale la pena o no meterse en berenjenales.