No hace falta ser un erudito para saber que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana ha sido a lo largo de los siglos la principal protagonista, ya no solo en su ámbito concreto, sino también en el manejo y manipulación de los distintos gobiernos, muy especialmente en este continente europeo, para inculcar su doctrina, su magisterio y su catecismo como la auténtica panacea o el “non plus ultra” a costa de lo que sea.

Para demostrarlo, y como ejemplo ilustrativo, existe aquel axioma, muy conocido, que dice: “Extra Ecclesiam nulla salus” (Fuera de la Iglesia no hay salvación). Es decir, aquel que quiera o desee estar fuera o no conozca dicha institución o doctrina no se salvará, o lo que es lo mismo, se condenará. Salvarse, ¿de qué? ¿Condenarse, ¿de qué? Supondría un alivio saber que uno se salva o se condena de situaciones que se producen en esta vida, por ejemplo, se salvó de un accidente o le condenaron por corrupto. Paradójicamente, estando “fuera de…” podemos pensar por nosotros mismos, discrepar, debatir y discutir, tener libertad de conciencia, leer y publicar lo que nos plazca  y no estar sometidos de por vida a una sola idea o pensamiento. Incluso se puede afirmar que en cuestión de creencias, lo fundamental es creer en nosotros mismos. Lo mismo cuando hablamos de amar. Podemos amar cómo y a quién queramos. Estamos salvados porque somos ciudadanos de este mundo. Es, como dice Hans Küng, vivir la libertad conquistada.
Hacía tiempo se había superado tamaño disparate papal pero  un político, indolente e ignorante, dijo en una ocasión y haciendo suya una singular versión de esa cita-frase-axioma-dogma papal:
Fuera de España y de Europa se está condenado a la nada”. O lo que es lo mismo: no hay salvación. Desgraciadamente,  dentro de este país (España) y de esta Europa, cada día más inhumana e insolidaria por estar, precisamente, dentro, tengo la impresión que no hay quien se salve.