OSADÍA. Entre las varias acepciones que tienen la RAE y otros diccionarios, me quedo con esta:
-Valentía en exceso debida a una falta de vergüenza o de respeto en la forma de obrar o de hablar.
Está claro que no. ¿Puede una persona, una institución, una asociación, un gobierno, una comunidad, por muy inteligentes y cultos que sean, enseñar, por ejemplo, chino o biología molecular si nunca han estudiado esas materias? Tampoco se nos ocurriría que una persona sedentaria y obesa que no practica ningún tipo de deporte/dieta pueda ser contratada como monitor de kárate. Ni que pueda dar clases de ingeniería en un instituto o universidad una persona que no ha acabado el bachillerato ni tiene idea de matemáticas o física. Y lo mismo cuando se trata de situaciones en la vida que requieren experiencia y conocimientos si no se han sentido y vivido. No podemos enseñar lo que no sabemos. Llego más lejos: hasta lo que sabemos bien nos cuesta enseñarlo, sobre todo cuando entran en escena los sentimientos. No basta saber, no es honesto hablar y escribir porque se hayan oído campanas sin saber dónde. No hay nada tan atrevido, diría osado, como la ignorancia. Creo que hasta aquí estamos todos de acuerdo.
Pregunta:
¿Por qué se empeñan algunos en imponer normas, orientaciones, pautas de conducta, actitudes y mecanismos que no son capaces, ni de lejos, de aplicarse a ellos mismos? Esto es algo que se observa de forma repetida en todo tipo de educadores y los que se autoproclaman maestros. Seguramente es la causa primera del fracaso. Cuántas veces se quejan los mayores del poco caso que hacen los menores (hijos, alumnos…) de sus enseñanzas, sin admitir sus propias limitaciones y carencias. Así, los alumnos incapaces de orientarse en una materia o asunto determinado estudian con un profesor que no la domina ni disfruta.
El caso que nos ocupa es la desfachatez, que no es un insulto, puesto que la RAE la define como una actitud atrevida e irrespetuosa y de la que hizo gala la Conferencia Episcopal Española al publicar un documento titulado “La verdad del amor humano. Orientaciones sobre el amor conyugal, la ideología de género y la legislación familiar” el 29/04/2012
Ya puestos podían haber adjuntado un vídeo para que aprender más del asunto (incluso siendo reincidentes en un par de ocasiones), aunque, humildemente, ni una cosa ni la otra aporten más de lo que la gente corriente ha vivido y sentido.
Así que de la misma manera que han tenido la osadía de publicar dicho informe, con la misma se atreve uno a plantearles a día de hoy algunas cosillas, a salto de mata, pues surgen muchas dudas. A lo que no se llegará es a las casi 23.000 palabras de las que se compone el documento en cuestión.
Antes de nada: ¿amor humano? ¿No es una redundancia, lo mismo que decir persona humana? Que se sepa, el amor o es humano o no es amor, a no ser que me hablen sus eminencias del amor divino, que surge la duda de que lo hayan experimentado. Por
tanto, es natural que no me hablen de él. Así y todo, ellos o ellas (digo eminencias) han tenido la osadía de escribir que “… el origen del amor no se encuentra en el hombre mismo, sino en el misterio de Dios”. Ya estamos otra vez con la palabra misterio, que, según la RAE, es un “hecho que no tiene una explicación racional conocida”… También podrían recurrir a las palabras fe o dogma, o sea, a decir al sí porque sí y al no porque no. Dicho de otra forma: pensamiento único e indisoluble, o lo que es lo mismo, estrechez de mente.
Cuando dicen: “El amor conyugal es un amor comprometido, que crea plena comunión de vida entre un hombre y una mujer; es fiel y exclusivo, fecundo y para siempre”.
¿Se han casado ustedes alguna vez?; ¿cómo saben que esto es así? Si son solteros para toda la eternidad por la ley del celibato, y el matrimonio –según esta definición– es tan sublime ¿por qué no se cargan de una vez esta ley? ¿Por su soltería están más comprometidos con Dios? Resumiendo: para ustedes, que se casen otros. Qué fácil es nadar y guardar la ropa. Y es que no es lo mismo predicar que dar trigo.
Para terminar, otra preguntita, antes de sacar a la luz este documento episcopal tuvieron no sé cuántas asambleas plenarias. ¿Había alguna mujer presente en la Conferencia Episcopal trabajando en el contenido del informe y no como secretaria o sirviéndoles el café, tal y como entienden ustedes es lo que tienen que hacer las féminas?
Por José Miguel Izquierdo