La soledad que nos acompaña (de Elsa López)

Así es. La soledad como construcción literaria, como compañera de lecturas, como fondo de todas esas historias que nos llevan de la mano hasta el lugar donde anidan los sueños. La soledad que utilizamos para ser y para crear. La que nos explica cómo somos y para qué servimos. La que no nos miente y nos enseña el camino que mejor se adapta a nuestras posibilidades. En la soledad nos encontramos menos solos, lo que parece una redundancia y un razonamiento llevado al absurdo. Pero no es así. Cuando entendemos la soledad como un estado voluntario en el que podemos encontrarnos con nuestros pensamientos más íntimos y nuestras inquietudes más profundas, sentimos el estado pleno, la plena satisfacción del hallazgo de uno mismo. Lo saben bien aquellos que acostumbran retirarse del bullicio para dejar atrás cualquier elemento que distorsione la realidad en la que quieren sentirse inmersos. Lo saben aquellos que se alejan de las mentiras que nos construyen quienes desean manipularnos y convertirnos en manada, en presas propicias para los depredadores que viven gracias al consumo indiscriminado de costumbres, modas, ideologías y objetos que no acaban de satisfacer jamás nuestros cuerpos y nuestras mentes condenadas a una cadena de necesidades que jamás se verán cumplidas.

Ese sería el momento elegido para darnos cuenta de lo que sucede alrededor y decidir el camino a tomar. Encontrar lo que somos, lo que pensamos realmente, lo que deseamos de verdad, sin presiones mediáticas ni condicionamientos publicitarios. Y una vez elegido el camino, comenzar el reconocimiento interior. Despojados de mentiras y condimentos con los que fuimos adobados durante años, incluso durante siglos; desnudos de creencias y adjetivos; vacíos de todo lo innecesario; nos veremos, cara a cara, ante nosotros mismos. Solos al fin. Ese será el comienzo de una vida distinta en la que escucharemos una única voz: la nuestra. Algo tan difícil de conseguir que no siempre sale a pedir de boca. Nos confundimos, creemos que pensamos lo que queremos, que elegimos lo que deseamos y decidimos lo que hemos elegido libremente. Pero no es cierto. Siempre hay restos en nuestro interior de lo que fuimos o de lo que nos enseñaron que éramos. Y tenemos que volver a empezar el proceso.

            Pero no importa. Una y otra vez lo intentaremos hasta conseguir ese despojamiento. Y una vez conseguido, sabremos dónde estamos y para qué. Los seres solitarios se reconocen en medio de la multitud e incluso pueden llegar a amarse y a convivir en perfecta soledad. Pueden llegar a formar colonias, muchedumbres, continentes de soledades perfectamente reconocibles. Y ese día, intentarán destruirnos con toda clase de métodos y armas, pero ya será tarde, porque nada ni nadie podrá cambiar lo que hemos decidido ser. Y lo que hemos decidido ser es “escritor” una profesión en la que la soledad pude expresarse de mil formas distintas, de mil maneras diferentes. Podemos escribir prosa, poesía, ensayo, artículos de opinión, lo que sea, eso es lo de menos, porque lo verdaderamente importante es el ejercicio de nuestra libertad a la hora de comunicar lo que pensamos, lo que sentimos, lo que amamos. Y si en ese recorrido nos encontramos con seres solitarios que ejercen el mismo oficio, el de escribir, sentimos que se nos abre un horizonte de múltiples posibilidades. Ellos lo saben y con este libro lo demuestran.

La obra que hoy presentamos es un canto coral a la libertad de expresión, a la fuerza de la escritura cuando la comunidad lo celebra en perfecta unión y cordialidad. Cada historia es una visión distinta de la realidad o de los sentimientos, pero todas ellas unidas conforman un universo compacto llamado literatura y en ese universo aparecen historias de diferente formato y de diferente contenido. Todas ellas se han encadenado como se encadenan los versos en un juego literario en el que un grupo de petas escriben, bien a ciegas bien a la entrega de algunas palabras previas, un verso sin que el siguiente sepa lo que ha escrito el anterior y, al final, se compone un poema único que se celebra como tal. Así sucede con La soledad acompañada. Varios relatos encadenados alrededor de un motivo común: un parque de Santa cruz de Tenerife: el Parque García Sanabria con los elementos que el parque contiene: estatuas, estanques, paseos, etc.

Sin necesidad de nombrarlos, sin necesidad de hablar y contar lo que ellos cuentan, podemos extraer la verdad de lo que allí sucede: un libro donde historias reales o ficticias florecen a un mismo compás. La sinfonía es perfecta. Nadie es mejor que el siguiente en aparecer. Los instrumentos son distintos y distintos los sonidos, pero la orquesta suena de forma tan armónica que con dificultad podemos distinguir las diferencias; las diferentes historias que componen este libro con nombres distintos y parecidos lugares, parecidas escenas; historias que se van enlazando de una forma especial y acaban siendo una historia a distintas manos como una hermosa composición musical. Diferentes tonos, diferentes colores para una voz única, la voz de un grupo unido por un deseo común: escribir. La escritura como una explosión de vida, como un territorio vivo.

En el prólogo del libro, Rosario Valcárcel lo señala como “un viaje que se ejecuta a través de la memoria. Relatos del tiempo vivido… Composiciones en las que los autores se enfrentan a sus fantasmas que le han perseguido a lo largo de su existencia. Protagonistas que devoran con su mirada una zona ajardinada amplia, con fuentes y grupos arquitectónicos. En donde niños y niñas corren, juegan, donde los adolescentes descubren el amor, se besan. Una señora lee un libro y otra pasea un perro. Intérpretes del mundo social y cultural. Seres inmersos en la soledad, la incomunicación y la añoranza. En esa memoria recobrada en la desolación, pero también en la plenitud de lo vivido”. Y Alberto Omar Walls, en ese mismo prólogo, lo describe como “una obra coral trazada a partir de las técnicas de los laberintos o de las matrioskas, porque en su mayoría una historia surge de otra o se complementa, cruza y hasta finaliza en otro relato. Creo que de haberles sido posible escribir sobre el espacio de la simultaneidad, todas las historias se estarían reproduciendo a la vez, aunque mostraran tiempos diferentes.”

Y así la historia de Carmensa León, “Cira”, mujer hecha estatua solitaria en un parque lleno de fantasmas; la soledad acompañada de Ana Isabel García Espinel en “Apuntes de mi propia ausencia” (“Absurda tanta soledad acompañada”); cada uno entretejiendo los destinos de sus personajes y construyendo al mismo tiempo el suyo propio. Así la ironía de Cristina Arozamena y ese “Manolo” tan solitario como los demás personajes de las demás historias (“El mismo se conmovía de su propia soledad”); así Carmelo Díaz y sus “Horas vestidas de flores”; la “Obsesión” de Julia Martín en la búsqueda de una amiga, un nombre y algo más que un nombre en esa necesidad de encontrarla dentro de un parque donde todos buscan algo y todos encuentran algo: el amor, la amistad, los recuerdos que se entrelazan para ir a desembocar todos ellos y por distintos motivos, en la soledad. La muerte, siempre presente, como el mayor acto de soledad como en “Pensamientos” donde Mari Leo Ramos cuenta la historia de quien va al médico todas las semanas para saber lo que sabe y no quiere saber de un marido siempre vivo y siempre muerto; el sexo y los misterios del sexo en Mili Martin con “Madame Valentine” o con Charo Adrián en “La Duquesa”; la búsqueda, el desencuentro, la locura como escapatoria en “Números impares” de Ico Herrera o cómo lo extraordinario en “Alluny” de Lara Díaz se vuelve cotidiano y otro mundo, otros planetas, llegan a nosotros para informarnos de la búsqueda y el anhelo de los seres humanos por encontrar un camino donde poder realizarse. Y, cerrando el círculo, “Ayer y hoy” de Miriam González, para que los personajes se encuentren y se expliquen unos a otros. Al final, como al principio, el paisaje literario de “Ida y vuelta” en el que Ramón Sampayo construye y da las últimas puntadas a un libro de memorias en el que justifica toda una búsqueda: la de sí mismo.

Unos y otros, todos juntos, han emprendido un viaje hacia el interior, un viaje en solitario pero que sin saberlo ha acabado siendo un viaje de soledades compartidas no solo por el hilo que los entrelaza, el Parque García Sanabria verdadero protagonista de este libro, sino por los lazos que se van trenzando a lo largo de una aventura en común: un taller de construcción literaria La Escritura Desatada que los ha hecho germinar y crecer como capullos de seda de los que salen alborotadas cientos de mariposas.

                                                               Elsa López

Viernes 27 de abril de 2018