A nadie le resulta desconocida la expresión “agarrarse a un clavo ardiendo”. Se suele usar cuando alguien, en una situación límite, recurre a una solución, que tiene algún inconveniente. Es lo que le ha ocurrido a miles de personas que han sido despedidas de sus trabajos en este país, en edades comprendidas entre los 57 y 61 años. Después de buscar trabajos o ser autónomos sin resultados positivos, les quedaba una mínima opción que era agarrarse a un derecho adquirido a lo largo de muchos años al haber cotizado, como mínimo 30 años, a la Seguridad Social: jubilarse anticipadamente con el coste añadido de que a sus pensiones se les reduce un 6,50% al año. Dicha opción se desvaneció cuando el gobierno, actualmente en funciones, sacó unas leyes adelante por tener el privilegio de una mayoría parlamentaria.
Esto supuso entrar en una guerra legal, llena de batallas personales, contra la administración.

Sí, muchas batallas.El derecho adquirido, mencionado anteriormente, se ha convertido en una lucha sin cuartel contra una maraña de normas, leyes, criterios, opiniones dictadas y elaboradas no sé sabe con qué objeto ni con qué finalidad, aunque todo apunta a un servilismo descarado ante los dictámenes de la Troika. El resultado no es otro que indignar más a la gente, alargando su agonía y que no se merece recibir un trato despreciable e inhumano. No han sido ni son conscientes de las dificultades tan grandes a las que se enfrenta este enorme colectivo de personas que está en TIERRA DE NADIE, en la que están, por un lado, aquellos que no tienen recursos o estudios y que se han vuelto a sus casas, desanimados por la actitud del funcionariado que les han ninguneado y les han dado un no por respuesta sin una mínima explicación cuando su misión era, simplemente, recogerles la documentación y, por otro, aquellos que cumplen todos los requisitos pero por la dejadez, ineptitud y desconocimiento de las leyes de los propios empleados del gobierno se han visto obligados a contratar servicios de un profesional (los que tienen posibilidades) para que les diesen la razón.

La odisea empieza cuando se acude al INSS (Instituto Nacional de la Seguridad Social) a presentar la solicitud de jubilación anticipada. Miran los papeles y ya, de entrada, le dicen al que acude, que no tiene derecho, sin dar más explicaciones, sin embargo, el ciudadano insistió:

  • C. ¿Me podría usted explicar las causas? –preguntó
  • E. Si, mire. Tiene que esperar, para acceder a dicha modalidad, casi dos años. Vamos a ver: aquí dice que trabajó, como autónomo. Y luego estuvo por cuenta ajena en un trabajo que duró 8 meses y en otro, 7. ¿es cierto?
  • C. Sí, claro. Es cierto. Por tanto, tengo 37 años cotizados. ¿No es suficiente?
  • E. Pues, según la nueva ley, no. Los años de autónomo le cuentan para cobrar la pensión pero NO para jubilarse de forma anticipada a la edad de 61 años. Después de su despido en el año 2011, tuvo dos trabajos más y esta circunstancia también le impide jubilarse.
  • C. A ver, que yo lo entienda –dijo, estupefacto- ¿Me está usted diciendo que si no me hubiera dado de alta como autónomo y hubiera estado PARADO estos años, podría estar jubilado?
  • E. Cierto, así es, aunque le parezca absurdo. Pero estas son las nuevas leyes que han salido. Piense, también que le reducen de su pensión un 6,50% anual.
  • C. No me hubiera importado, ¿sabe por qué? Porque la pensión que me corresponde es mucho más alta que la ayuda que percibo. Y la verdad, pudiéndome acoger a un derecho que me corresponde, POR HABER TRABAJADO, tengo que aceptar una ayuda, como mal menor, que se la podrían dar a otra gente que lo necesita más que yo. La verdad, señora, qué injusticias tan grandes está cometiendo este gobierno. En fin, le ruego que me recoja la documentación y me ponga el registro de entrada. No me pienso ir de aquí pues no acepto ese NO, sin más. Esperaré la resolución por escrito.
  • E. Muy bien, como usted quiera pero ya le digo yo que no.
  • C. Vale, no voy a discutir con usted,  pero para algo están los cauces a los que tenemos derecho y si hay que llegar a juicio, se va. Que decida un juez. Fácil no se los voy a poner.
    Finalmente, y con cara de pocos amigos,  le escanearon los documentos y le pusieron el registro de entrada, marchándose de aquel lugar con la cabeza alta.
    Próximo relato: El altruismo de un grupo