Acabo de publicar, en esta misma web, un artículo de la escritora Elsa López que me llamó mucho la atención. Quiero, desde aquí, felicitarla por este escrito que invita a soñar. Un escrito, utópico a día de hoy, que si algún día se hiciera realidad, este mundo sería infinitamente mejor. No me cabe la menor duda.
Y digo utópico porque llevar a la práctica lo que ella escribe y demanda, causa controversia y tristemente, sorprende o asombra. No es de extrañar, puesto que la educación a la que hemos estado sometidos ha sido brutal y perjudicial en este sentido. Cada día estoy más convencido de que hay más mujeres con actitudes machistas que muchos hombres, con lo cual, va a ser más complicado que el sueño de Elsa (y el de multitud de personas) se haga realidad. Si a esto le añadimos, la intervención de las iglesias, apaga y vámonos. El último ejemplo lo tenemos en unas declaraciones de un cardenal peruano a las que Elsa responde: “No quiero sermones inquisitoriales en los que se me acuse de ir exponiéndome como en un escaparate, provocando”.
Con estos talibanes religiosos hablando a la sociedad, como en tiempos de la Edad Media, es más complicado evolucionar. Ellos, sobremanera, se creen  los encargados, por las distintas y supuestas deidades (masculinas, cómo no), de imponer un pensamiento y una moral determinadas. Se consideran los responsables de dictar unas normas ancestrales poniendo palos en las ruedas e impidiendo el avance de la humanidad.
A pesar de ellos y de sus vestiduras rasgadas, la sociedad avanza y las mujeres cada día, muy lentamente, van adquiriendo y acercándose a una igualdad con los hombres.
El escrito de Elsa López es un canto a la libertad y a la igualdad. Es un grito de protesta ante tanto poder varonil impuesto por unas leyes dictadas y elaboradas por lo “masculino”. No hay nada más que mirar a esa Conferencia Episcopal, a ese Vaticano y a esos gobiernos, cuyos asesores y expertos en muchas leyes (incluida la del aborto) son hombres.
Quiero, desde este mi espacio, expresar mi gratitud inmensa a esta gran escritora, afincada en nuestra tierra, por ser tan valiente y tan transparente. Porque -seguro- no solo habla solo por ella sino  por miles de mujeres que sufren acoso, maltratos, violaciones, desprecios, humillaciones.
Y le expreso mi gratitud en nombre de unas hijas, de una pareja, de las madres de mis hijos, de unas amigas y, sobre todo, de una madre a la que le prohibieron el acceso a la habitación donde estaba su hijo enfermo -en aquel centro eclesiástico- por ser mujer.