En multitud de ocasiones y a raíz del comportamiento de nuestros políticos; de la situación indolente que actualmente se está produciendo a todos los niveles y en casi todos los estamentos;  de la falta de gobierno de un país;  de unos medios de comunicación cada día más pervertidos y corruptos,  hemos  escuchado y leído una frase que huele a queja y amargura: NO NOS MERECEMOS ESTO.  Y no es por llevar la contraria pero si hacemos un pequeño ejercicio de AUTOCRÍTICA podría  resultar que, quizás, SÍ.

SÍ, NOS LO MERECEMOS.

Lo primero, no sería justo englobar a toda la población y aquí, como siempre, pagan justos por pecadores porque muchos han hecho los deberes correctamente pero siento decir que una gran mayoría, no. Hemos educado a nuestros hijos en la idea del consumismo y de la comodidad, hemos aplicado con demasiada frecuencia  el que no les íbamos a hacer pasar por las penurias que nosotros pasamos y también que no les íbamos a privar de muchas cosas que nosotros no tuvimos. Hemos sido demasiado permisivos. La televisión y muchos programas basura nos han ganado mucho terreno. Nos hemos olvidado de enseñarles una serie de valores, como la solidaridad. Les hemos animado a ser más competitivos  y no precisamente  para ser mejores  sino inculcándoles, como prioritario, la idea de cómo vencer al otro. Les hemos dado todo hecho, o lo que es lo mismo, les hemos hecho todo lo que ellos tenían que hacer: las tareas del cole, las camas, les hemos ordenado su cuarto y les hemos comprado todo lo que se les ha antojado hasta la comida más basura.

Han ido creciendo sin el menor espíritu crítico ante las injusticias. La rebeldía, propia y esencial de la juventud, no ha existido hasta tal punto que a los mayores que clamamos al cielo por tanto atropello, nos tildan de locos. Y se avergüenzan de que sus padres o abuelos vayan a manifestaciones o, simplemente, a votar. Nada más y nada menos. Un derecho elemental, básico y trascendente en una sociedad democrática que costó vidas humanas para que se consiguiera y ahora, está despreciado y sustituido por un día de playa. Finalmente, nos ignoran porque están convencidos de que hemos perdido la cabeza. De aquellos barros, estos lodos, dice el refrán. Toca, pues, reflexionar y, en la medida de lo posible, que sea la palabra la que enmiende este despropósito porque, en definitiva, el futuro será de nuestros hijos.