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Jul 19

Que te mueras…

La avalancha de violencia (con todos sus matices) que actualmente se palpa y se vive es brutal. Tanto que todavía no nos hemos recuperado de un hecho ignominioso e inmediatamente se produce otro peor. La consecuencia de tener un nivel de  tecnología  muy alto (redes sociales y la televisión, fundamentalmente) hacen posible que no solo nos enteremos en cuestión de segundos de lo que pasa en el otro extremo del mundo13393942_10209721518425693_7695090127539396960_n_resized sino que pasemos a la acción. Esa evolución tecnológica, sin embargo, contrasta con el atraso cultural, en todos los niveles, que sufrimos de forma pandémica. Una infección que se propaga en la misma o mayor proporción. Seguimos padeciendo, por una falta de educación en valores, una enfermedad grave. Así, tenemos que no han cambiado nada (incluso a peor) algunas situaciones que estamos viviendo tanto de cerca como de lejos y mucha parte de responsabilidad la tienen los que están en primera línea a la hora de trasladar esa educación y formación. La presencia diaria de políticos y periodistas a los que le falta un mínimo de educación y respeto y que con sus declaraciones o maneras de actuar, transmiten a la ciudadanía (incluida la que todavía no tiene suficiente capacidad de criterio y juicio) odio y rencor que rayan la violencia desmedida. Se ha llegado al extremo de proclamar en público el deseo de que alguien muera y aunque esto no es nuevo, pues pertenece a esa mala bilis de la condición humana, sí es verdad que, a día de hoy, se está acrecentando. Se le oye decir al alumno, cuyo profesor le tiene manía y no aprueba: “Ojalá y se muera”. O al amante: “Ojalá tu marido o tu mujer se muera”. O al vecino insoportable que molesta. Incluso, hijos y nietos deseando pasen a mejor vida, sus padres y abuelos (no digamos cuando está en juego una suculenta herencia) o el empleado descontento con su jefe. El espectro se ha ampliado últimamente pues, sin cortarse un pelo, ya no solo se desea la muerte sino que se amenaza directamente con quitarle la vida a alguien que, simplemente, piensa distinto. Los destinatarios forman parte de un amplio abanico bastante variado. Frases, ya célebres, se repiten constantemente: “que se jodan”; “si llevo la pistola, disparo”; “te voy a rajar el cuello”; “tienes los días contados”; etcétera. Hasta aquí el deseo.

La realidad es bien distinta, en general. Ese deseo es llevado a la práctica por algunos seres vivos que disfrutan con el sufrimiento, el dolor y la muerte de otros, sean humanos o animales, y lo hacen, normalmente, en nombre de una ¿profesión?; de una religión o de una tradición, todas ellas, fruto de una educación arcaica y obsoleta, anclada en el pasado. Finalmente, los que llegan a ese extremo debido a una enfermedad cerebral. Excepto para estos últimos, cuya solución está en la ciencia, para el resto, apuesto por una indiferencia absoluta ante declaraciones ofensivas, vengan de quien vengan; apuesto por la no-violencia (el odio engendra odio, sin más); apuesto por pensar y respirar hondo primero antes de ofender a alguien; apuesto por denunciar la injusticia y eliminar unas costumbres sin necesidad de desear la muerte a nadie.

Es cuestión de habituarse porque si no, algún día, en este país reclamaremos el derecho a una ley para tener armas. Que no llegue el día, si no atajamos esta tendencia, en el que repitamos aquella frase de la película del oeste “Los 7 magníficos” (1960): “Lo nuestro no son las palabras, lo nuestro es el plomo”. Si ese día llegara y esa ley se hiciera firme en este país y en nuestras islas, entonces sí que deseo y prefiero mi muerte.