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Jun 14

Dos sueños, dos vidas

Atardecía. Una ligera llovizna mezclada con tierra muy fina, empapaba la carretera, que a esa hora no tenía prácticamente tráfico alguno. Tenía muchas curvas y a ambos lados, las paredes de un precipicio, caían como cascadas embellecidas por arbustos variados y fauna abundante. El cielo estaba cubierto de nubes negras que amenazaban con una fuerte tormenta convirtiendo el día en noche. El padre, al volante de su monovolumen, oye que su hijo, sentado en el asiento de atrás, le dice:
-“Papá, conduce con cuidado porque el tiempo se está poniendo malo y la visibilidad es muy poca.”-
-“De acuerdo, hijo.” – le respondió
Encendió las luces del coche, ya que la visión, efectivamente, se tornaba más difícil por la densa niebla que, de repente, hizo acto de presencia
-“¿Estás nervioso”?- le preguntó al pequeño.
– “Un poquito -respondió en voz baja.
– “Intenta dormirte.” – concluyó

De forma lenta y cautelosa, continuaron hacia su destino y, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, comenzó a llover torrencialmente como si hubieran abierto las espuertas de una balsa. La carretera parecía que se estrechaba aún más. Al girar en una curva a la izquierda, sin pensarlo, la pierna derecha del conductor, se estiró, impulsada mecánicamente hacia delante, pisando el freno. A sus manos les pasó igual. Giró el volante hacia la derecha de forma leve pero firme. El vehículo se quedó clavado. Abrió la puerta de su lado. Bajó con cuidado y, asombrado, vió con alguna dificultad que el coche estaba en el límite que separa la carretera de un precipicio. Aspiró profundamente y conteniendo la ansiedad, llegué a la puerta por donde estaba su hijo, ya durmiendo. Con suavidad, le tocó y le dijo:
-“Despierta, cariño y baja despacito”
-“¿Por qué, qué pasa papá, ya llegamos?”, – dijo con los ojos entreabiertos.
-“Digamos –contestó- que hemos hecho una parada forzosa.”, sin mencionarle en qué posición había quedado el coche.
Se fueron a sentar en unas piedras que había al otro lado.
“Tuve un sueño,” – le dijo el chico
– ¿”Y que soñaste”?, – preguntó

“Pues que íbamos por una carretera, nos salimos de ella, caíamos por un barranco y nos precipitábamos al vacío a una velocidad impresionante. Sentí el miedo por todo mi cuerpo. Luego miré a través del cristal y vi dos manos blancas, que se convirtieron, como por arte de magia, en dos alas enormes que nos elevaron por encima de unas montañas hasta hacernos descender a una gran llanura, toda ella cubierta de hierba verde bajo un sol radiante. Fue asombroso.”
-“Debió ser alucinante” le dije
La incesante lluvia había amainado y sólo quedaba la pequeña llovizna con la que empezaron el viaje. Una llovizna que refrescaba sus rostros. La niebla había desaparecido.
– “Continuamos el viaje y nos vamos a casa?
“De acuerdo, papá. Tengo ganas de llegar para tomarme una buena taza de chocolate”.
En ese momento, sonó el despertador que estaba en la mesa de noche.