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Jun 14

El contable

A aquel hombre le faltaban pocos días para cumplir 57 años. Ocho y media de la mañana. El tiempo estaba desapacible. Hacía frío y caía una ligera lluvia. Como todos los días y en su mesa de trabajo tenía muchos papeles dispuestos a ser despachados así como la agenda del día. En aquel momento estaba mirando un extracto bancario cuando su rostro se asemejó al tiempo. Llevaba trabajando, como contable, en aquella empresa muchos años y asumía sus problemas como propios.
Un cliente había devuelto un pagaré por importe superior a 6.000 euros. Un gramo más de preocupación en su vida pues las circunstancias económicas no pintaban bien para la empresa. Esperaba ansioso a que el reloj marcara las 9 de la mañana para llamar al cliente de “dudoso cobro” para hablar con él. Utilizó toda su experiencia para cobrar aquella deuda. Al día siguiente, el cliente apareció con el dinero en efectivo para liquidarla.
Una hora más tarde, apareció el gerente de la empresa que, dicho sea de paso, no acostumbraba a llegar tan temprano. Lo llamó urgente a su despacho y sin mediar palabra, le espetó: “Nuestra relación profesional tiene que terminar.” Era una forma sutil de decirle: tengo que despedirte. ¿Por qué? –preguntó el empleado-
Después de 4 meses (cuando se hizo efectivo el despido) descubrió la razón: había que dejar paso a savia nueva con olor a juventud. El salario que cobraba era excesivo y, por tanto, había que abaratar costes. La experiencia y los conocimientos después de 30 años quedaban, a partir de aquel momento, obsoletos.

No pasaron más de tres meses, cuando el joven a quién contrataron de nuevo lo llamó al móvil. La pregunta lo dejó perplejo: ¿Me podrías ayudar para ver como convenzo a un cliente que ha dejado de pagar para que liquide la deuda? Su respuesta no se hizo esperar: “Cuando tengas como mínimo 10 años más que yo trabajando, sabrás por ti mismo, cómo se hace. De todas formas, te diré qué y cómo lo hacía yo pero eso no te asegurará un resultado positivo.”