Después de la odisea como autónomo y trabajar, de nuevo y de forma temporal para unos seudo-empresarios, aquel emprendedor tenía que ir, de nuevo, a la oficina de empleo e inscribirse como desempleado a sus 61 años.

Preguntó si le correspondía alguna ayuda. La respuesta de la funcionaria (recién llegada de desayunar, se le notaba de buen humor y con ganas de trabajar/ayudar) fue una batería de preguntas: ¿Casado?;¿Su mujer trabaja?;¿Cuánto gana ella?; ¿Tiene hijos? ¿Alguna otra renta que perciba? Extrañado, dudaba si estaba en un examen o en una oficina de empleo. Le entregó unos papeles, donde se recogía la normativa legal y en función de lo que  declarara, le darían una ayuda de 426 euros. Menos da una piedra -se dijo-

A medida que los iba rellenando, se preguntaba, por ejemplo, qué demonios tenía que ver lo que, en caso de estar casado, ganaba su cónyuge. Pues sí tenía que ver. Comentó que tenía escritura notarial de separación de bienes. Que no, eso aquí no cuenta -le dijo la funcionaria-. Le pareció absurdo. En definitiva, si cualquiera de los cónyuges superaba una determinada cantidad de ingresos al año, el que iba al paro, se quedaba sin la ayuda.

Cualquiera que estuviese acostumbrado a administrar su sueldo y aportar a la unidad familiar, parte del mismo, depender de otra persona, se puede volver traumático. Le resultaba incomprensible e injusto, pues el salario es un derecho personal e intransferible adquirido por un trabajo, un esfuerzo y una dedicación en tiempo a la empresa que paga.

En su caso, estaba divorciado y no tenía más rentas, con lo cual se la concedieron.  Había que ingeniárselas, pues, para, con esa cantidad, afrontar unos gastos fijos: alquiler, comida y otros de carácter obligatorio y sagrado como pasar la pensión alimentaria a su hijo, tal y como dictaba el convenio regulador del divorcio.

Había que intentar otras alternativas. Así que, un día, y navegando por Internet en casa de unas amistades, encontró una página web dedicada exclusivamente a un tema: la jubilación anticipada. Nunca se había planteado adelantarla pero tal y como estaban las cosas, decidió recurrir a esa posibilidad. Compartió un enlace a una página web que se llamaba JUBILACIÓN ANTICIPADA por si a alguien le pudiera servir.

Leyó con avidez toda la información y documentación que allí se publicaba. Lo que se planteaba y lo que se debatía. Miles de personas (hoy en día cuenta con casi 30000 miembros) se habían inscrito en busca de una alternativa, que, por otro lado, era un derecho y no un capricho o una pataleta. De esta forma (pensó) conseguiría mejorar su situación económica. Se puso en contacto con los administradores de la página y del grupo que se había creado en Facebook, cuyo nombre es el mismo de la página. Preguntó y se encontró, para su sorpresa, con un equipo de personas dispuestas a ayudar, informar y asesorar. Un grupo altruista, que no recibía remuneración alguna y que le dio apoyo, sugerencia, consejo e información aparte de sentirse arropado por un gran colectivo de gente que contaba su problemática y su situación personal. Otra puerta que, para abrirla del todo, tenía una condición: luchar contra unas leyes injustas y contra el aparato del Estado.