Después de un año buscando trabajo, un viernes cualquiera, aquel ciudadano, con 60 años cumplidos consiguió no uno sino dos trabajos que duraron 8 y 7 meses, respectivamente. En cada uno de ellos y a partir del sexto mes empezaron las dificultades. En ambos, con matices diferentes, vivió idénticas circunstancias.puertas Aunque sacaba el trabajo de forma eficiente, teniéndolo al día, el trato vejatorio y humillante por parte del jefe o dueño del negocio, a sus compañeros y, particularmente, hacia él era una constante diaria. No se explicaba aquellos continuos cambios de humor, aquella incesante presión diaria y, sobre todo, aquella violencia dialéctica que rayaba el insulto, casi física. El ataque se hacía más virulento con las empleadas. Se añadían al cóctel, dosis de machismo.Día a día notaba una gran ansiedad y se agravaron sus problemas de salud obteniendo como resultado una angina de pecho y un empeoramiento de una enfermedad que, silenciosamente, le iba minando su cuerpo. Estando de baja, se reunió con unos conocidos más jóvenes que él pero también mayores de 55. Compartieron sus experiencias laborales en  distintas empresas; coincidían en las funciones y puestos, en la temporalidad de los trabajos así como el trato recibido por sus jefes respectivos. Vivieron situaciones similares, sobre todo,  en el apremio que recibían para sacar adelante sus tareas. Acostumbrados a trabajar bajo presión y a destajo, todos los jefes, dueños o responsables tenían un claro objetivo: llegado el momento de tener al día unas determinadas tareas, habiendo enseñado, de paso, a gente joven y aportado los conocimientos junto con la experiencia al resto de compañeros, comenzaba el acoso y derribo a partir del sexto mes, fecha en la que ya no había opción a otro contrato temporal sino al indefinido. Unos fueron despedidos y otros pidieron la baja voluntaria.