Después de la experiencia (dos meses) como emigrante buscando trabajo en Latinoamérica tuve que regresar a España pues no se cumplieron ni las expectativas ni los objetivos por los que fui .De ningún modo la consideré un fracaso más bien aprendí muchísimo de aquella gente, sobre todo de los más humildes, que no saben el significado de las palabras queja y crisis. En enero de 2014, y después de compaginar un trabajo por cuenta ajena y la actividad como profesional autónomo, ocurrió una circunstancia cuyas consecuencias eran de preveer. A las 8 de la tarde del día 2 de enero sentí un pequeño dolor en el lado izquierdo, debajo del corazón, que me trajo el recuerdo de mi padre cuando se le produjo el infarto. Afortunadamente se me pasó y esa noche dormí, más o menos, bien. A la mañana siguiente me repitió el dolor y entonces sí que acudí inmediatamente al médico de cabecera que ese día estaba de guardia desde primera hora. El estrés y un estado de ansiedad producidos por agobio laboral y por el mucho descuido hacia mi salud (todo hay que decirlo) tuvo como resultado una angina de pecho. A partir de ese día, nuevo reciclaje, nueva medicación y programación de nuevos hábitos: tranquilidad y reposo; pastillas más fuertes para el azúcar y ¡20 unidades de insulina! una vez al día y ejercicio diario sin forzar al principio. La verdad es que no sé hasta qué punto la estupidez en nosotros, los diabéticos, crece de manera proporcional a las unidades de insulina. Esto lo digo porque hablando con otros conocidos, afectados por lo mismo, se nos nota un alivio y una tranquilidad cuando decimos a boca llena y sin ponernos rojos: “Uff…menos mal que nos estamos pinchando la insulina”. Como si ese detalle fuera la repera. En vez de buscar la verdadera solución al problema que es informarnos, formarnos y salir de la zona de confort, nos quedamos satisfechos con las pastillas y la insulina dependiendo para toda la vida de la medicación sin caer en la cuenta de que le estamos costando, por ejemplo, a la sanidad pública miles de millones de euros. Y todo porque no ponemos verdadero remedio. Los diabéticos somos conformistas y, a pesar de lo mal que nos encontramos, seguimos corriendo los mismos riesgos: el tabaco no lo dejamos, el dulce lo comemos a escondidas como si fuéramos críos, el bocadillo de tres pisos (queso manchego, salchichón y mortadela, por ejemplo) nos lo mandamos por nuestros cojovarios; no renunciamos a una buena bandeja de papas fritas y un litro de vino entre pecho y espalda con dos o tres gin-tonic. Para remate final, al ejercicio físico, paradójicamente, lo mandamos de paseo. Que vaya a correr él, si quiere, que nuestra vida sedentaria es la mejor. Encima contamos con el apoyo de buenos, grandes y fieles amigos que nos animan: “Venga tío, que la vida son dos días”.“Un día es un día”. “¿Por qué te vas a privar de esto o de aquello?” “Disfruta, chico”. “Total, si te vas a morir igual.” De forma inconsciente e irresponsable me hacía eco de aquellas frases y hasta me sentía orgulloso de repetirlas porque, claro, no tengo sino que subirme la dosis de insulina y ya compenso el exceso. Así, renqueando y haciéndole “dribling” a la diabetes me pasé todo el año 2014. Cuando la gente me encontraba por la calle me preguntaba
– ¿“Qué tal estás”? y yo, muy ufano decía: “Genial, gracias a la insulina me encuentro estupendamente.” – “Pero sigues fumando por lo que veo – me recriminaban.- – Pues sí pero ya ves, de algo hay que morir ¿no? –contestaba tan cretino yo-. A todas estas, y para colmo de males, mi carácter se agriaba cada vez más. Me mostraba iracundo, me cabreaba sin motivo y me quejaba de todo. Evidentemente, eso era causa para que mis niveles de glucosa, a pesar de las pastillas y de las 20 unidades de la milagrosa hormona inyectada, siguieran siendo peligrosamente altos. Y es que a principios del año 2015 tocaba analítica. Me estaba olvidando que en ella se hace el examen o prueba de la hemoglobina glicosilada que le sirve al médico para determinar cómo ha sido el control glucémico en los últimos tres meses. Y esta es como la prueba del algodón: que no engaña.

Por José Miguel Izquierdo