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Jun 07

Lucha contra la diabetes (Capítulo 2)

EL DESCONCIERTO

Al día siguiente de la noticia, no me podía creer lo que me estaba pasando. Recordaba las palabras del urólogo en la consulta del día anterior: “Tienes que ir inmediatamente a hacerte una analítica y luego a la consulta de un endocrino. Procura no comer pan, dulces, embutidos, fritos, papas, etc.” Añadió una larga lista de alimentos que, simplemente, pensarlo, ya me estaba dando hambre. Me lo dijo con tal énfasis que me metió el miedo en el cuerpo. Y es que, hasta ese momento, comer era (y lo sigue siendo, no lo oculto) uno de los mayores placeres de los que se pueden disfrutar en la vida. Como se suele decir: soy bueno de boca. Para todo. Y si se puede repetir, mejor. A partir de ese día ya no fuí el mismo. Poco a poco fuí descubriendo que también me afectaba mi estado emocional principalmente lo negativo. Cualquier noticia desagradable o triste, discusión o situación tensa, “el azúcar” se me disparaba a unos niveles que me producían angustia, cansancio, somnolencia, inquietud, malestar general, ansiedad, etc. Nadie, repito, nadie lo entiende sino el que lo pasa. Ocurre con todas las enfermedades pero esta es más peligrosa (en mi opinión) porque no causa dolor inmediato. La diabetes es como una bomba racimo que contiene en sí misma otras pequeñas bombas que van afectando a otros órganos del cuerpo: empieza, fundamentalmente, por el páncreas y continúa con el corazón, estómago, intestinos, riñones, ojos, pies, y digo más, con el carácter, con el estado de ánimo y con el temperamento. La analítica vino a demostrar que no sólo la glucosa había sobrepasado el número 200, sino también el colesterol y los triglicéridos alcanzaban cifras, que, urgentemente, había que bajar. ¿Y cómo?. Desgraciadamente la diabetes no es como un dolor de cabeza que te tomas una aspirina y a otra cosa, mariposa. No. Encima que se va metiendo en el cuerpo como una serpiente de forma silenciosa la afección es muy lenta a la hora de, no solo eliminarla sino controlarla. A pesar de que ya tenía antecedentes familiares, no lo podía o no lo quería asumir. El gran problema del diabético (y del que no lo es) pasa por la falta de información. A lo largo de estos años me he encontrado con médicos que no tienen ni pajolera idea de esta enfermedad pues la solución radica en una formación nutricional, básicamente. Alguno me ha comentado que a lo largo de la carrera ese tema ni se toca. Que yo sepa en los programas educativos ni en los colegios no hay una asignatura específica que hable de nutrición. Se puede tocar el tema pero de forma superficial. En definitiva, no queremos informarnos, no queremos saber de nuestra afección. Y eso que ahora la tenemos por todos lados. Nos dejamos más bien llevar por lo que tiene fulanito o lo que se toma menganito pero realmente no tomamos conciencia para tener una verdadera formación. Tenía, pues, que empezar a ponerle remedio con muchas cosas a la vez: ejercicio, dietas variadas, ausencia de comida, principalmente, la que más me gustaba, tomar infusiones (que no eran de mi agrado), verduras, frutas (con cuidado porque no toda es válida)… y viceversa. Así un día tras otro. Pasaban 15 días y no cambiaba nada. Por fín, casi al mes, y con un gran esfuerzo de mentalización y con un tratamiento de pastillas de metformina (así se llaman) logré bajar el nivel de azúcar un poco. ¿Problema en camino de solución? Ni de lejos. No se podía bajar la guardia. Y como llevaba tan poco tiempo, evidentemente, un bocadillo, un dulce, una cuarta de vino, unas papas fritas eran presa de mi ansiedad. Para colmo de los colmos, el tabaco era un fiel amigo. Mal amigo. Un par de horas, incluso sin pasarse, eran suficientes para que todo el esfuerzo realizado en el mes anterior se viniera al traste con lo cual entraba en
un estado de desánimo y ansiedad. Estás en un bucle, complicado de salir. Volver a empezar como aquel título famoso que dió un óscar a la industria del cine español. Así y todo, los primeros años (entre el 2008 y 2011) no fueron especialmente duros (eso fue lo malo) por lo que fui engañándome a mí mismo y, de paso, engañando a la familia y amistades que todo iba bien y que la enfermedad la estaba controlando. Te lo callas. Craso error. Mi peso corporal era, por aquella época, de 85-88 kilos. Tenía un sobrepeso en función de mi estatura de unos 13-16 kilos. Una burrada. A principios del año 2011 empezó lo peor.

Por José Miguel Izquierdo